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En gestación / 6 min de lectura

El vampiro que no bebía sangre

AutonomíaCuidadoPertenencia

Una historia sobre
el derecho a descansar.

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Selene sostiene un vaso de agua entre copas rojas que echan raíces en una mesa del subsuelo.
PENSAMIENTOS CRITICOSFICCIÓN CON LOS OJOS ABIERTOS

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En el subsuelo, los vasos de agua se servían opacos para no avergonzar a quien los pidiera.

Selene pidió uno, servido con repugnancia. El camarero lo dejó detrás de una botella, con discreción. A su alrededor, las copas de sangre brillaban bajo las lámparas.

—¿Sigues con eso? —le preguntó un vecino.

—Sí.

—¿No puedes o no quieres?

—No quiero.

El vecino bebió. Un tallo rojo subió por el pie de su copa y repuso lo que acababa de beber.

En el centro de la mesa había un ataúd del tamaño de una caja de zapatos. Dentro, sobre una cama de trigo, una pequeña boca ensayaba su primer mordisco.

El vecino había sembrado un colmillo debajo del acolchado. Durante cuarenta noches lo había regado con sangre, hasta que el diente echó raíces y abrió aquellos labios diminutos. Más adelante le saldrían una cara, un cuerpo y dos manos para sujetar su propia copa.

Los allí presentes se inclinaban para comprobar a quién se parecía la boca.

—Tiene tu forma de morder —le dijeron al vecino.

Él sonrió con el hueco reciente en la encía.

A Selene le preguntaron por su semilla.

—Mis dientes están bien donde están.

Se hizo un silencio pequeño, inmanejable. De súbito, alguien golpeó una copa con una cucharilla.

La nota atravesó el techo de roca.

Todos se levantaron.

Las copas de sangre echaron raíces sobre el mantel. Los tallos se enroscaron en las muñecas de sus dueños y los guiaron hacia las escaleras. En el camino hacia el exterior, por las grietas llegaban olores humanos: ropa húmeda, pan y olor a sangre que nunca saciaba su apetito.

La pequeña boca del ataúd se quedó esperando.

El vecino se tocó el hueco de la encía. Su colmillo tardaría años en volver a crecer. Hasta entonces, cada cacería debía rendir por dos: había que llenar la copa y regar el acolchado.

—Vamos —dijo—. Se está enfriando.

Selene subió detrás de los demás. En el tercer escalón tuvo que apoyarse en la pared. Llevaba doce días sin dormir.

Selene, agotada, se apoya en la pared de una escalera entre raíces mientras los demás ascienden con sus copas.

Al principio habían llamado a la tapa de su ataúd para preguntarle si estaba enferma. Luego para explicarle que no podía vivir así. Después llegaron los que conocían a alguien que había empezado igual y había acabado fatal.

Cuando dejó de abrir, hicieron pequeños agujeros en la madera para seguir aconsejándola.

Cada agujero conservaba una pregunta. Aunque los vecinos se marcharan, las preguntas seguían hablando en su cabeza. Selene se cubría las orejas mientras contaba los siglos que faltaban para que las injerencias cesaran.

Aquella tarde había estado a punto de dormirse cuando una voz entró por un agujero nuevo.

—Una boca pequeña te quitaría todas esas ideas.

Ahora le temblaban las rodillas.

El vecino le acercó la copa.

—Bebe. Mírate.

Selene apartó el cristal.

—Dejame, necesito dormir.

Selene nunca había bebido sangre. Recordaba la fuerza con la que se despertaba después de un sueño largo. Pero hacía tanto que no la dejaban descansar que el recuerdo empezaba a parecer una mentira.

Llegaron a la superficie por el interior de un árbol.

Los otros salieron con facilidad. Selene se quedó un momento entre las raíces, hasta que dejaron de moverse las estrellas.

La manada se detuvo junto a una casa.

En el jardín había un hombre arrodillado ante un avispero caído. Un vendaval había arrancado la rama que lo sostenía. El hombre sujetaba el nido con una mano y con la otra trataba de ponerle en un soporte, bajo un pequeño tejado.

Un hombre protege un avispero caído bajo un pequeño tejado de madera en el jardín.

Tenía los dedos hinchados.

Una avispa le picó en el cuello. Él hizo un gesto de dolor, esperó y siguió ajustando el tejado.

—Este —dijo el vecino.

Uno de los vampiros se inclinó para mirar.

—Ni siquiera son abejas.

Selene se agachó al otro lado de la verja y recogió una que pataleaba boca arriba.

—Déjala, su hora a llegado —susurró el vecino.

Selene la puso sobre una hoja.

El vecino observó la avispa, después a Selene. Le colocó una mano en la espalda y la condujo hasta el camino.

—Siéntate aquí.

Ella se dejó caer. No tenía fuerzas para discutir.

-Algún día te daras cuenta, ellos son débiles, sin embargo tu, podrías ser lo que quisieras.

Selene quiso levantarse. La mano del vecino permaneció sobre su hombro hasta que el hombre del jardín volvió la cabeza.

Entonces la mano desapareció.

El hombre dejó el tejado y se acercó.

—¿Se encuentra bien?

—Vete —intento decirle Selene.

Selene miró los árboles.

Él se detuvo, pero al verla intentar sostenerse contra la verja dio los últimos pasos. Llevaba un cuenco de agua que le puso entre las manos.

Los tallos de cristal salieron de la hierba.

Uno le rodeó el tobillo. Otro trepó por su espalda, tanteándole el cuello. El hombre soltó el cuenco, intentando escapar. De la tierra brotaron dos más.

Los vampiros abandonaron los árboles.

—Ya está —dijo el vecino a Selene—. Ahora bebe y se te pasará.

El hombre seguía tratando de desatarse.

El vecino acercó su copa a la garganta, que ya empezaba a brotar sangre por los mordiscos.

La caza continuaba, mientras abandonaban la escena del crimen. Selene se acercó a la rama de un árbol, que descansaba sobre el suelo.

—Necesito dormir —Selene se tendió sobre ella y se puso a descansar.

Selene duerme sobre una rama caída junto a un vaso de agua transparente que recoge la luz del amanecer.

Abrió y cerró los dedos. Se pasó la lengua por los colmillos. Tenía el cuerpo lleno de aquella fuerza tranquila que recordaba.

Junto al árbol había un vaso de agua transparente, lo sostuvo un momento bajo la luz.

También brillaba.

Pese a las dificultades, Selene se puso en marcha, Al girar vió la casa donde había ocurrido todo anoche, otro hombre estaba en el jardín, reparando el tejado del avispero.

Selene salió y sostuvo la tabla mientras él la sujetaba. Una avispa se posó sobre su nariz. Selene esperó a que levantara el vuelo y la siguió, interpretando su aleteo.

Muy abajo, los vampiros volvían a llenar las copas. El hueco del vecino seguía sin colmillo, pero nada importaba, volverían a cazar. Beber sangre era lo único que conocían, aquello para lo que vivían.

Selene decidio quedarse entre los humanos, aunque allí también sería una extraña, al menos podía dormir.

Selene ayuda a un hombre a reparar el tejado del avispero mientras una avispa se posa sobre su nariz.
✳
Has llegado al otro lado

¿Todo bien?

A veces, un relato termina y la pregunta se queda.

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