Don Anselmo quedó atrapado en una fotografía porque pidió salir para siempre tal como era.
El fotógrafo le advirtió:
—Eso es mucho tiempo, caballero.
—El necesario.
Hubo un fogonazo. Don Anselmo sintió que alguien le planchaba las vísceras. Cuando quiso protestar, ya medía siete centímetros, tenía el corazón hecho de plata y una cordillera pintada detrás de la cabeza.
Fuera de la fotografía quedó su traje, de pie y vacío.
Su mujer, Clotilde, preguntó si había que darle de comer.
—No se perdería una comida por nada del mundo —contestó el fotógrafo.
Era 1911. Don Anselmo consideraba que el mundo estaba razonablemente bien organizado: los territorios tenían dueño, las mujeres tenían dueño y había personas que, sin llegar a tener dueño sobre el papel, debían conducirse como si lo tuvieran. Llamaba naturaleza a esta distribución porque resultaba más barato que pagarle a alguien para defenderla.
Durante un siglo permaneció en un cajón, encima de una cucharilla bautismal. Gobernó la cucharilla con firmeza.
Hasta que Nico lo encontró.

El muchacho lo sacó de entre unas cartas, le quitó el polvo y lo metió en la cartera.
—Te vienes conmigo, bisabuelo.
Don Anselmo examinó su nuevo país: dos billetes, una tarjeta sanitaria, un recibo ilegible y una moneda de cuyo rey sólo quedaba la cabeza.
«Una monarquía debilitada», diagnosticó.
Plantó su bastón en la ranura de las monedas y declaró que todo cuanto alcanzaba a ver pertenecía a su persona.
La cremallera se cerró sin consultar.
***
La primera calamidad ocurrió en un museo, durante un viaje de Nico a una ciudad de puerto.
El muchacho abrió la cartera para sacar una entrada. Don Anselmo se encontró frente a una estatua de bronce que estaba siendo embalada.
Una mujer explicaba que la devolverían al lugar del que había sido saqueada.
La palabra "devolver" le produjo una erupción de pequeñas banderas en el paladar.
—¡Pero si la hemos conservado estupendamente! —gritó.
Lo único que salió de su boca fue una mota de polvo.
La estatua giró la cabeza.
—Yo también podría conservarte estupendamente, en mi sótano.
Don Anselmo se agarró al bastón.
Mientras cerraban la caja, el pedestal quedó vacío. A él le pareció que acababan de decapitar las conquistas de su patria por los tobillos.

Y entonces los mapas del museo comenzaron a moverse.
Los países se desprendieron de la pared, se sacudieron los colores con que los habían pintado otros y bajaron a buscar sus zapatos. Un río se arrancó una frontera como quien se quita una espina. Tres islas exigieron dejar de parecer apéndices de un señor que jamás las había pisado.
Don Anselmo vio pasar un continente llevando una maleta.
—¡A por el, no debe independizarse!
—Estoy en mi sitio —contestó el continente—. Usted me había puesto en el suyo.
Para recuperar la compostura, don Anselmo desplegó una bandera dentro de la foto.
-¡Conseguirmos más!
Una miga de pan, de 1945 salió de su boca, hecha en horno de piedra le dió un golpe en la cabeza, que lo dejo aturdido.
Fue un espectáculo desagradable.
Sobre todo porque Nico, en vez de defenderlo, seguía escuchando a la mujer del museo.
Don Anselmo comprendió que el muchacho tenía una grave carencia educativa: sabía escuchar a personas que no estaban de acuerdo con él.
***
En la siguiente ciudad, la hermana de Nico los llevó a ver el puente que había diseñado.

Inés tenía casco, botas y ojeras. Discutía con dos compañeros sobre una junta de dilatación.
Don Anselmo interpretó la escena como el anuncio de una tragedia.
«Han permitido que una mujer decida dónde termina una orilla.»
Esperó el derrumbamiento.
El puente continuó siendo puente de por vida. Por muy grandes que fueran los deseos de Anselmo en que cayera.
En algún lugar del retrato empezó a sonar una máquina de coser.
Primero despacio.
Después a la velocidad de una ametralladora.
La manga de su chaqueta se descosió y de ella salieron las noches durante las que Clotilde había remendado sus camisas. Eran noches enteras, con estrellas, frío y un niño tosiendo al fondo. Las hilachas se amontonaron en el suelo del estudio.
De los zapatos brotaron las horas de limpiar. Del cuello almidonado cayeron las horas de lavar.
Clotilde al fin era libre.
En la calle, Nico e Inés se acercaron a una manifestación. Había mujeres muy jóvenes, mujeres mayores, hombres empujando carritos y una señora que llevaba escrito en un cartón: «No nací para recogerte los calcetines».
Dentro de la fotografía, los calcetines de don Anselmo se organizaron.
—Esto llega demasiado lejos —dijo él.
El izquierdo le presentó una relación de servicios prestados.
El derecho pidió vacaciones.
Su bigote, encargado hasta entonces de aportar orden, se despegó del labio y reclamó libertad.
—¿También tú?
—Especialmente yo. Llevo más de cien años, pegado a tu cara.
Aquella noche, Nico preparó la cena y fregó los platos mientras Inés terminaba un informe.
Don Anselmo esperó que se abriera la tierra.
Se abrió el lavavajillas.
Le pareció una grieta suficiente para empezar.
***
En otra ciudad, Nico se encontró con su novio.
Se llamaba Dani. Tenía una cicatriz en la barbilla y siempre llegaba con hambre.
Se besaron en una estación.

Don Anselmo padeció un terremoto de salón.
Las montañas pintadas detrás de él se pusieron a hacer el amor con el papel de pared. El reloj del estudio perdió las agujas y empezó a medir la hora en caricias. Su bastón se curvó hasta adoptar la forma de una interrogación, con el extremo curvo abrio la puerta del armario y la dejo abierta.
—¡Esto no conduce a ninguna parte!
Nico y Dani cogieron el tranvía y llegaron perfectamente a su destino.
Era una fiesta en casa de unos amigos. Sam, que llevaba pendientes de cerezas, saludó a Nico desde la cocina. Alguien contó que le habían cambiado por fin el nombre en los documentos. Todos brindaron.
Don Anselmo se indignó.
Un nombre debía permanecer donde lo hubieran puesto las personas encargadas de poner nombres. De lo contrario, cualquiera podría llamarse duque.
—¡Hay cosas que vienen dadas al nacer!
La fotografía crujió.
Don Anselmo fingió no oírla.
Buscó la palabra "normal" en el diccionario diminuto que llevaba dentro de la cabeza. La encontró sujetado en su rodilla con otras diecisiete palabras.
Les ordenó que se estuvieran quietas.
Las palabras le mordieron los guantes y escaparon por los agujeros de las aes.
Al día siguiente hubo una marcha por las calles. Don Anselmo quiso ponerle aduana al arcoíris: cada color debía presentar un documento, justificar su relación con el color de al lado y regresar antes del anochecer al cajón correspondiente.
El arcoíris pasó de perfil por un beso.
Ni siquiera rozó la barrera.
Fue entonces cuando su bigote, libre de obligaciones laborales, reparó en otro bigote, al otro lado de la barrera.
Se miraron de una manera que él no había autorizado.
—No —dijo don Anselmo.
Su bigote se rizó en los extremos.
—No.
El otro bigote se despegó de su dueño. Se marcharon juntos, envueltos en un billete de tranvía.
Don Anselmo quedó con el labio desnudo y se ruborizo como un niño en su primera relación.
***
No todo era fiesta.
Una noche, a la entrada de un local, un portero dejó pasar a Nico y detuvo a Malik, un amigo que caminaba detrás.
Los dos llevaban zapatillas. Sólo a Malik le señalaron las zapatillas.
Nico volvió sobre sus pasos.
Malik también.
Hubo una discusión. El portero repitió que eran las normas, que avergonzadas, intentaban escapar por debajo de la puerta.
Don Anselmo sintió alivio.
Por fin algo de sensatez.
Se asomó cuanto pudo.
—¡Un poco de orden!
Nico sacó la cartera para mostrar una tarjeta y la fotografía quedó frente a la cara de Malik.
Malik la miró un instante.
—Vaya cara de estar enfadado porque hemos inventado el domingo.
Nico se rio.
Se marcharon los cuatro a otro sitio.
Don Anselmo consideró aquello una derrota de la civilización.
Malik mostro una sonrisa, recordando a Nico, el día que este le ayudo a cruzar la frontera.
Los guardias disparaban pelotas de goma, mientras ellos intentaban cruzar, a Malik le habían dado y se estaba ahogando por el impacto, en ese momento, desde la orilla, la chavalada indignada que alli estaba, se lanzo a socorrerles.

Nico cogió a Malik y le ayudo a salir, salvandole la vida.
Esto fue demasiado para la fotografía -Ni a la ley y el orden hacen caso estos chavales - El agua salada del mar, para descanso de muchos, la deshizo hasta hacerla desaparecer.
