El hombre se hizo un selfie sin moverse, una sonrisa impuesta le cruzaba la cara.
A su espalda había un olivo, una franja de cielo azul desde el que se veía la luna, nada le permitía saber dónde estaba. Alargó el brazo hasta que le dolió el hombro. La cámara le pedía de nuevo una sonrisa. Obedeció por costumbre y envió la fotografía con su ubicación.
«Estoy aquí. Venid».
En la pantalla, un alfiler rojo atravesó el mapa, definiendo su frontera.
Pasaron los días de adaptación con su chupete de leche, hecha polvo.
Lo primero que llegó fue una calle. Dos operarios la trajeron enrollada en una furgoneta y la extendieron desde la carretera hasta él. Luego colocaron un timbre en el olivo. Cuando pulsaron, sonó dentro de su teléfono.
—Ya tiene dirección —le dijeron.
Él miró hacia la carretera, esperando que alguien llamara.
Los comercios cercanos no repartían hasta allí, pero una aplicación sí. Para que la entrega saliera gratis, había que alcanzar un importe mínimo. Añadió dos cervezas, una salsa roja que no le gustaba y un postre de miles de hojas. Desde entonces compraba de esa manera.
Con el primer pedido llegó un metro cuadrado de ciudad. Venía plegado debajo de la bolsa. El repartidor lo desplegó y apareció una acera con una papelera que no tenía bolsa.
Con el segundo llegó una farola.
—Es solar, no contamina. —Rio el repartidor.
Con el tercero, un escaparate en el que se veía un hombre mucho más guapo que él, también inmóvil, esperando algo, casi tan inerte como él.
Una empresa le instaló un toldo a cambio de que su nombre apareciera en los selfies. Imprimieron el logotipo por ambas caras: para que pudieran leerlo los hombres y también los pájaros que alborotaban en el olivo. Otra fabricó un soporte acolchado que le sujetaba las caderas y la espalda. Ya podía comer, trabajar y dormitar sin cambiar de sitio.
Lo financiaron a veinticuatro horas.
—¿Veinticuatro horas de qué? —preguntó.
El vendedor le puso un reloj en la muñeca. Todas las horas llevaban el nombre del banco.
La empresa donde trabajaba le envió un portátil.
—Mientras se aclara tu situación, podemos ser flexibles —le dijo su responsable.
La pantalla se abrió como una ventana. Al otro lado estaba su mesa de la oficina, con la planta que nunca recordaba regar. El hombre sintió alivio al verla. Todavía había algo suyo en alguna parte.
Metió las manos por la ventana y empezó a trabajar.
Por la noche consiguió sacar las manos, pero sus sombras se quedaron dentro. Su responsable le aseguró que podía organizarse como quisiera. Desde entonces dormía oyéndolas teclear. Algunas mañanas encontraba correos enviados en un idioma que solo hablaba mientras dormía.
El calor llenó el olivo de chicharras. Las aves se disputaban las ramas con un escándalo que lo distraía de sus reuniones.
Compró unos auriculares para no escucharlas.
Al ponérselos, el árbol siguió moviéndose en silencio. Una hoja cayó junto a él y el hombre la miró, algo en ella le resultaba familiar.

Su teléfono vibró. Un desconocido preguntaba cómo había conseguido aquella vida.
El hombre abrió la cámara para responderle. Esta vez le tembló el brazo y el encuadre cayó: bajó por el soporte, por sus piernas, por el polvo acumulado en los cordones.
Debajo de su zapato derecho había una mina antipersona.
La había pisado antes de que llegaran la calle y los paquetes, cuando aquel sitio todavía era un campo que no se podía cruzar.
Ahora, al ver la mina en la pantalla, reconoció el lugar. Le sudaron las manos.
Subió la cámara hasta su cara.
«Hay que saber adaptarse», escribió al desconocido.
El desconocido resultó ser un comercial que le compró la frase.

Una noche, los auriculares dejaron pasar una voz.
—¿Me oyes?
Se llamaba Mara. Cosía el acolchado de su soporte al otro lado del mundo. Una puntada había atravesado un cable y ahora podían escucharse.
El hombre se quedó quieto, escuchando el roce de la tela.
—¿Dónde estás? —preguntó.
Mara le mandó su ubicación. En el mapa apareció el alfiler rojo, cosiendo una frontera. El hombre amplió la imagen. Solo encontró un rectángulo blanco.
—Aquí dice que no hay nada.
Ella soltó una risa breve.
—Pues hace un calor horrible para no haber nada.
El hombre miró la ventana del portátil. La sombra de sus manos seguía al otro lado.
—¿A qué hora sales?
—Cuando terminamos.
Oyó cómo Mara cortaba un hilo con los dientes. De nuevo se encontraba a solas.
Durante aquella noche no consiguió dormir. Las sombras siguieron escribiendo. El reloj cobró cada hora y, cuando amaneció, uno de los escaparates le ofreció una crema para las ojeras.
Pidió la crema. Para alcanzar el importe mínimo añadió unas zapatillas.
Llegaron con otro pedazo de ciudad.
Volvió a abrir la cámara de su móvil.
Se fotografió entero, con el soporte, los envases, las zapatillas sin estrenar y el zapato hundido en la tierra. Debajo seguía la mina.
Escribió: «Estoy aquí».
El teléfono le preguntó si quería sustituir su imagen pública. Miró el reloj. Sus manos seguían dentro de la oficina. Esperó hasta que la pantalla se apagó sin decir nada.
Aquella noche pidió una puerta para su casa. Los operarios la instalaron delante de él, sin paredes. Eligió la cerradura más segura.

Después borró la fotografía entera y desactivó la ubicación. Antes de dormirse, alargó el brazo y cerró la puerta.
Al otro lado, por un momento, oyó llamar. Al intentar abrir, levantó el pie que tenía sobre la mina, esta explotó como suele pasar con las minas.
Se elevó como una chispa que regresa a su hogar de fuego, mientras moría, pensó: "Tanta adaptación para nada".
